LA EXPLICACIÓN TAOÍSTA DE LA REALIDAD

 La explicación taoísta de la realidad se remonta a la China del siglo VI a. C.: es, por tanto, contemporánea de las primeras explicaciones presocráticas. Recibe su nombre del libro Tao Te Ching que se atribuye al filósofo chino Lao Tsé, contemporáneo de Confucio.

De Lao Tsé apenas nos han llegado noticias fiables, característica compartida con los presocráticos; pero se sabe que fue bibliotecario de los archivos imperiales. El Tao Te Ching o Libro del Tao y del Te es, como los fragmentos conservados de Heráclito, de carácter aforístico. El Tao, que da nombre a la obra y a la muy ramificada y extendida escuela, es por una parte el camino que ha de recorrer el hombre para llegar a la verdad lo cual recuerda bastante la vía de la verdad de Parménides y por otra al principio mismo de la realidad: una especie de arjé que, no siendo nada determinado, puede llegar a ser cualquier cosa y del que ha surgido el universo visible, lo que nos recuerda al ápeiron de Anaximandro.

El Tao lleva a tal extremo la indefinición del ápeiron que resulta verdaderamente innombrable, pues no es realmente nada: encierra dentro de sí ser y no ser, pero no consiste en ninguno de ellos. No se le puede nombrar, porque poner nombre conceptuar es delimitar, es decir, que algo es algo concreto, determinado y no lo demás, y el Tao no es ni la nada ni su contrario. El Tao es anterior al tiempo es permanente y a la razón es inconceptuable, es lo que puede llegar a ser todo, lo que lo encierra en sí todo, pero sin ser nada.

Aplicando conceptos occidentales puede decirse, para explicar el surgimiento de la realidad a partir de este oscuro pozo que es el Tao, que la esencia de este principio primigenio es el no ser y que su función es ser. El Te es el poder de expansión que posee esa especie de vacío primigenio que es el Tao. Reproduciendo la estructura explicativa presocrática puede decirse que el Te es el principio dinámico que introduce movimiento dentro del Tao, que sería una especie de principio estático.

Todo ello serían conceptualizaciones del Tao originario que, en realidad, lo desvirtuarían. Tan pronto como se le pone nombre, esto es, se le conceptúa, se pierde necesariamente su sentido originario y aparece su ser originante de la realidad que nos rodea, su ser "madre de todas las cosas".

De esta madre primigenia que es el Tao potenciado por el Te, nacen el cielo, la tierra, el yin y el yang, y a partir de ellos la totalidad del mundo fenoménico.

Para captar el Tao (como principio originario de cuanto existe) hay que seguir un método, un camino, un Tao que consiste en que el hombre se libere de todo deseo, pues el deseo lo es siempre de algo concreto, y lo que se trata de buscar por este camino no es el ser concreto, particular, parcial, sino la totalidad indiferenciada: por ello el deseo desvía siempre de la senda verdadera. La experiencia del Tao, de la totalidad, no es otra que la identificación con esa totalidad, de la que se es parte y la liberación de los pequeños afanes mundanos, de los deseos siempre mezquinos. Por esta vía, sin embargo, se abandona el campo de la filosofía y el caminante se adentraría por las sendas de lo místico e incluso de lo religioso. Estos desvíos, acentuados por el etnocentrismo propio de toda cultura, ha dificultado que Occidente abordara el pensamiento chino primitivo como merece: como otro foco simultáneo e incluso muy anterior el Ching se remonta al siglo XII a.C.- de la filosofía (mundial).

(González Ruiz, A. y González Ruiz F. Filosofía y Ciudadanía. Editorial Akal)

 

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